Patricia revisó de nuevo.
Su rostro se puso pálido.
“Suite 904”, susurró. “Reserva corporativa. Confirmado hace dos semanas”.
Lupita miró las rosas. “Son hermosos, señor. ¿Son para alguien especial?”
Ethan bajó los ojos. “Mi esposa. Mañana se cumplen tres años desde que falleció”.
El rostro de Lupita se suavizó. “Lo siento mucho. Déjame conseguir un jarrón. Flores como esas no deberían dejar que se marchitan.”
Mientras ella se alejaba, Karla murmuró: “Por eso no se les da demasiada libertad al personal de limpieza. Comienzan a pensar que son dueños del lugar”.
Ethan miró hacia arribaPARTE 1
“Señor, con ese niño dormido y esas flores dañadas, tal vez le convenga buscar un motel más económico un poco más adelante.”Ethan Vance quedó paralizado frente al escritorio de mármol del Hotel Grand Regent en el centro de Chicago. Su hija de seis años, Lily, dormía sobre su hombro, y un ramo de rosas rojas colgaba de su mano.
“Señor, con ese niño dormido y esas flores dañadas, tal vez le convenga buscar un motel más económico un poco más adelante.”Ethan Vance quedó paralizado frente al escritorio de mármol del Hotel Grand Regent en el centro de Chicago. Su hija de seis años, Lily, dormía sobre su hombro, y un ramo de rosas rojas colgaba de su mano.
Permaneció callado, no porque el insulto no le doliera, sino porque Lily estaba agotada tras un vuelo retrasado desde Denver. Uno aprende a tragarse el orgullo cuando un niño cansado por fin se duerme.
—Tengo una reserva —dijo Ethan en voz baja—. Con Ethan Vance.
La recepcionista, Patricia, lo examinó detenidamente: chaqueta de cuero desgastada, barba incipiente, mochila raída, ojos cansados. A su lado, otra empleada llamada Karla se cruzó de brazos.
Patricia tecleó: “Aquí no hay nada”.
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