En una fiesta privada en la playa de Cancún, la hermana de Abril se ajustó la camisa frente a oficiales de la Marina y se rió cuando quedaron al descubierto las cicatrices ocultas en su hombro y espalda.
Toda la playa quedó en silencio.
La familia Salvatierra había organizado una elegante celebración con champán, mariscos, mesas blancas e invitados militares por Don Roberto, un coronel retirado que aún se comportaba como si todos le debían respeto.
Abril era la única que llevaba manga larga a pesar del calor.
Permaneció de pie en silencio junto a una sombrilla, con una botella de agua en la mano, mirando al océano. El sudor le corría por el cuello, pero se negaba a quitarse la camisa azul oscuro. Hacía mucho tiempo que había aprendido a soportar la incomodidad.
Su hermana menor, Vanessa, nunca lo entendió.
Vanessa caminaba por la arena con gafas de sol caras, rodeada de amigos que reían y dos jóvenes oficiales que intentaban impresionar a la hija favorita de la familia.
— ¿De verdad vas a vestirte así en la playa? —gritó Vanessa.
Algunas personas se rieron.
Abril permaneció en silencio.
Su padre lo oyó. Vio la tensión en los hombros de Abril. Sabía que había una razón por la que se cubría. Pero apartó la mirada.
Eso dolio más que el insulto de Vanessa.
Durante cinco años, Don Roberto había dejado que todos creyeran que Abril había dejado la Marina en desgracia. Que había fracasado. Que había vuelto a casa rota e inútil.
Vanessa se acercó, sonriendo dulce pero cruelmente.
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