PARTE 2
Nadie se movió.
Ni el sacerdote.
Ni los guardias.
Ni el fiscal.
Solo el reloj seguía avanzando, como si la muerte tuviera prisa.
5:48.
Miguel miró a Abril sin entender si estaba soñando, agonizando o si Dios acababa de meter la mano en esa sala.
— ¿Qué dijiste? —preguntó con la voz rota.
Abril abrió el papel con dedos temblorosos.
Adentro había una foto vieja.
Mariana.
Sentada frente a una pared verde.
Más flaca.
Con el cabello corto.
Ojerosa.
Pero viva.
Miguel soltó un sonido que no fue llanto ni grito.
Fue algo peor.
Un hombre al que le regresaban el alma a la fuerza.
Detrás de la foto había una dirección escrita a mano y una frase:
“Si Miguel todavía respira, dile que me perdone. Nunca dejé de intentar volver”.
El fiscal Richard Molina dio un paso al frente.
—Esto no prueba nada. La niña está confundida.
Pero nadie le creyó.
Porque el juez Esteban Salazar estaba pálido.
Demasiado pálido.
Como si esa foto hubiera levantado un muerto que él mismo enterró.
El alcaide miró al juez.
—Señor Salazar, ¿qué está pasando?
El juez no respondió.
Abril habló rápido, como si supiera que cada segundo podía matar a su papá.
—Una señora me llevó a verla hace 2 semanas. Mi mamá lloró cuando me abrazó. Me dijo que si hoy pasaba algo, yo tenía que darle esto a mi papá.
Miguel trató de incorporarse, pero las correas lo detuvieron.
—¿Dónde está Mariana?
Abril tragó saliva.
Miró al vidrio.
Y colocar al juez.
—Él la llevó.
El fiscal soltó una risa nerviosa.
—No, no, esto es una locura.
Pero el juez Salazar bajó la mirada.
Y ahí Miguel lo entendió.
No era sorpresa.
Era culpa.
—Esteban —susurró Miguel—. Tú y yo crecimos en la misma colonia. Jugábamos fútbol en la misma cancha. Comías en mi casa cuando tu papá se iba de peda. ¿Qué hiciste, cabrón?
El juez cerró los ojos.
Durante años, en la corte, Esteban Salazar había sido conocido por ser duro.
Frío.
Exacto.
A las 6 se cumplieron las órdenes.
Sin retrasos.
Sin dudas.
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