—Ahora ya sabes cómo me sentía —respondí.

Entonces le dije lo único que importaba:

“Si algún día lo devuelves todo… reconstruyes tu vida… y aprendes verdaderamente lo que significa el respeto—

Entonces tal vez… podamos intentarlo de nuevo.

Han pasado los años.

Ahora vivo tranquilamente.

Cada mes, recibo una transferencia de él.

La misma cantidad. Siempre a tiempo.

Sin excusas. Sin palabras.

Solo una prueba.

Eso es lo que está aprendiendo.

Quizás algún día lo perdone.

Quizás no.

Pero una cosa es segura:

La mayor lección que le di…

No fue por dinero.

Fue por ausencia.