June se puso de pie y me abrazó. Todos en la sala se levantaron. No recuerdo haber salido.
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Tres semanas después, volví a estar encima de la ferretería, colgando dos marcos en la pared junto a la ventana. El recibo de la gasolina fue a la izquierda. Los papeles de adopción fueron a la derecha. Me quedé allí un buen rato, mirándolos fijamente.
Durante veinte años, lo llamé un sacrificio.
Pero estando allí, en aquel silencioso apartamento, finalmente comprendí que no era así. Era la vida que yo había elegido. Y en algún momento del camino, ella me había elegido a mí también.
Me senté en el sofá, cogí el móvil y busqué un número al que no había llamado en 12 años.
Diana.
Pulse el botón de llamar antes de poder convencerme de no hacerlo.
Contestó al segundo timbrazo.