Esa mañana, leí la carta de nueva.
Recordé nuestra vida juntos, todos esos momentos que parecían completos. Y entonces noté los huecos—las veces que decía que estaba visitando a una amiga o que salía durante horas. Nunca lo cuestioné. Confiábamos el uno en el otro. Eso siempre había sido suficiente.
Ahora me di cuenta de que había una parte de su vida que llevaba sola. No porque no confiara en mí, sino porque no sabía cómo integrarlo en el nuestro.
Me quedé sentado mucho rato, luego cogí el teléfono y marqué el número de Claire.
Contestó al segundo timbrazo. “¿Hola?”
“Es James”, dije.
Una pausa. Luego: “Esperaba que llamaras.”
“Necesito verte otra vez”, le dije.
“Vale. ¿Cuándo?”
“Domingo. A las tres.”
“¿La magistratura?”
“Sí.”
“Voy a estar allí.”
Los días previos al domingo se me hicieron eternos. Revisé viejos álbumes de fotos, cajas en el armario, pequeños objetos que Eleanor había guardado. No buscaba pruebas, sino que intentaba comprenderla.
Para la noche del sábado, algo dentro de mí se había calmado. Estaba listo.
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