—No sirvió de nada.
—No, cariño. No fue medicina. Pero fue bondad.
Su rostro se descompuso.
—Luego intentó guardar el unicornio —susurró—. Dijo que no podías ver la nota de disculpa antes del regalo. Entonces su silla rozó el suelo y se cayó.
Me tapé la boca.
—Todos gritaron —dijo Sarah—. La señora Bell no paraba de decir su nombre a todo pulmón. Luego llegaron los paramédicos.
Su voz se apagó.
—Recuerdo sus botas. Eran negras y brillantes. Una pisó el ovillo morado de Randy. Quise apartarlo, pero la señora Reeves nos dijo que nos quedáramos atrás.
—¿Fue entonces cuando cogiste la mochila?
Sarah asintió. —Después de que se lo llevaran. Su mochila seguía debajo de la mesa. Randy me pidió que cuidara el unicornio hasta el Día de la Madre, y la nota de disculpa estaba dentro.
—Así que la cogiste.
—Pensé que si los adultos la encontraban, la tirarían.
Me miró con ojos asustados y leales.
—Así que la cuidé.
La abracé mientras lloraba en mi hombro, y el unicornio sin terminar permanecía entre nosotras como si Randy acabara de salir de la habitación.
Cuando se calmó, le pregunté: —¿Quién te cuida?
“Mi abuelo. El abuelo Joe.”
“¿Sabes su número?”
Le temblaban las manos, así que marqué por ella.
El abuelo Joe contestó sin aliento. “¿Sarah? ¿Eres tú, hija?”
“Soy Haley. La mamá de Randy. Sarah está conmigo.”
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬