Mamá horneaba porque le apetecía, no porque alguien esperara un postre. La cocina olía a vainilla y azúcar moreno. Ben estaba comiendo masa de galletas a escondidas cuando sonó su teléfono.
Mamá echó un vistazo a la pantalla. “Lydia”. Contestó y puso el altavoz.
—Kayla —dijo Lydia con voz temblorosa—, tienes que venir aquí. ¡AHORA MISMO!
Todos nos quedamos congelados.
—¿Qué pasó? —preguntó mamá.
Hubo una pausa.
Entonces mi tía dijo algo que hizo que mamá se quedara completamente inmóvil.
“¿Recuerdas lo que dijo tu ex sobre tu ‘fecha de caducidad’? Tienes que ver cómo está ahora”.
Mamá dijo en voz baja: “Ya vamos”.
Ella colgó.
El viaje transcurrió en silencio, salvo por la pregunta que hizo Owen una vez: “¿Está enfermo?”.
Mamá mantuvo la vista fija en la carretera. “Lo único que sé es que no voy allí para salvarlo”.
—Nadie espera que lo hagas —dije.
Lydia abrió la puerta antes de que llamáramos. Parecía agotada. «La cirugía no salió bien».
Mamá se quedó paralizada. Intercambiamos miradas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó mamá—. ¿Qué cirugía?
“Se gastó todo el dinero intentando no envejecer”, dijo Lydia, indicándonos que entráramos. “Cirugías, tratamientos, inyecciones, trasplante de cabello, estiramiento de la piel… de todo. Cada vez que alguien le prometía que se vería más joven, pagaba”.
—¿Y Tessa? —preguntó Nora.
“Se marchó en cuanto se le acabaron las tarjetas de crédito.”
Mamá no reaccionó. “¿Y ahora?”
“No podía pagar su apartamento. Lleva aquí dos semanas.”
Luego entramos en la sala de estar.
Papá estaba sentado en el sillón reclinable de Lydia, y por un momento no lo reconocí.
Su rostro se veía extraño: tenso en algunas partes, demacrado en otras. Un ojo ligeramente desviado. Sus mejillas desiguales. Su cabello más oscuro de lo natural.
No parecía más joven.
Parecía dañado.
Papá nos vio y se levantó demasiado rápido. “Kayla”.
Mamá lo miró. “Has estado muy ocupado”.
Tragó saliva. “No salió como esperaba. Cometí errores.”
Ben soltó una risita. “¿Tú crees?”
Papá lo ignoró. Mantuvo la mirada fija en mamá. “Pensé que tal vez podríamos hablar”.
Ahí estaba de nuevo. La misma arrogancia. La creencia de que aún lo enfrentaría en las mismas condiciones en que él se encontraba.
Lydia no dijo nada. Simplemente observó.
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