Esa noche, me di cuenta de que no se trataba de mi dolor. Se trataba del suyo.

Al día siguiente, fui con ellos al hospital. Llevé un pastel, el favorito de David. No era perdón, solo honestidad. Le dije claramente: estaba allí por Avery, no por él.

Durante las siguientes semanas, estuvimos juntos. No fue fácil. Nada parecía resuelto. Pero Avery dejó de andar a escondidas. Volví a reír. Dormia mejor.

Una noche, me abrazó y me susurró: “Me alegre de que no hayas dicho que no”.

El amor no borra el pasado.
A veces, simplemente nos ayuda a afrontar lo que viene después.