Para mí, lo peor no había sido la mano de Carter.
Había sido el silencio posterior.
«Todos apartaron la mirada», dijo.
Asentí.
«No todos».
Entonces, sonrió.
Una sonrisa leve, pero sincera.
«No», dijo. «No todos».
Un salón de baile entero le había enseñado lo fácil que la gente confunde el silencio con la cortesía.
Pero una llamada, una carpeta, el amor incondicional de una mujer muerta y la voz temblorosa de una hija le enseñaron algo más profundo.
El miedo puede hacer que una persona se sienta poseída.
La verdad le devuelve la posesión.