—Eso quería oír.
El segundo número fue el de Lucía Méndez, notaria y amiga mía desde que ambas teníamos treinta años y menos canas.
—Lucía, necesito que mañana estés en el Club Mirador del Pacífico antes de la ceremonia.
—Con gusto, pero dime si voy de amiga o de notaria.
—De las dos. Lleva tu sello, dos testigos y cara de funeral elegante.
Se rio.
—¿Qué hizo ahora el príncipe?
—Se robó mi cambio, falsificó una venta imposible y quiere pagar la boda con el dinero que cree que me quitó.
—Ay, Teresa…
—No me tengas lástima. Mejor ponte un traje bonito. Va a estar entretenido.
La tercera llamada fue la más difícil.
Alicia Ferrer.
Madre de Vanessa Alcázar.
No éramos amigas, pero nos conocíamos lo bastante para soportarnos en comidas, eventos y alguna que otra subasta benéfica. Alicia era una mujer de esas que nunca levantan la voz porque aprendieron a destruir con una ceja. Sabía perfectamente la clase de hija que tenía. Y sospechaba, además, la clase de nuera que Vanessa pensaba ser.
Contestó con tono distraído.
—Teresa, qué sorpresa.
—Alicia, mañana tu hija se casa con mi hijo. Antes de que abras el champán, deberías saber que el niño acaba de cometer fraude patrimonial y abuso de poder.
Silencio.
Luego, más fría:
—Explícate.
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