Treinta y dos años de “Quizás el año que viene”
Cinco días antes, me encontraba en mi habitación mirando fijamente una maleta abierta.
Mi hija, Mikayla, estaba doblando cuidadosamente mis suéteres y metiéndolos dentro.
Mi hijo, Daniel, estaba parado en el umbral con los brazos cruzados.
“No tienes que hacer este viaje solo para demostrar que eres fuerte”, dijo.
Me puse una de las camisas azul marino de Frank debajo del vestido.
“No estoy demostrando nada.”
“Desde que murió papá, casi no has salido de casa.”
“Ayer fui al supermercado.”
“Compraste leche y volviste directamente a casa.”
“Eso sigue contando como irse.”
Mikayla me dedicó una leve sonrisa, pero Daniel permaneció serio.
“Mamá, no deberías cruzar el océano sola.”
“No estaré solo. Habrá miles de personas en el barco.”
“Sabes que no me refiero a eso.”
—Sí, lo creo —dije—. Piensas que el dolor me ha vuelto incapaz de tomar decisiones.
Su expresión se suavizó.
“Creo que estás sufriendo.”
“Me duele. ¿Significa eso que debo cerrar la puerta con llave y quedarme dentro hasta que, por arte de magia, deje de extrañarlo?”
“No. Pero tal vez podrías esperar.”
Me detuve con las manos apoyadas sobre la maleta.
“¿Esperar qué?”
“Hasta que el viaje ya no se sienta tan definitivo.”
Esa palabra tocó algo muy profundo en mi interior.
Final.
Frank y yo habíamos pasado treinta y dos años ahorrando para ese crucero.
En nuestro octavo aniversario de bodas, encontramos una vieja lata azul para galletas en una venta de garaje. Frank la limpió, reparó la bisagra suelta y escribió NUESTRA GRAN AVENTURA en la tapa.
A partir de entonces, en cada aniversario, metíamos dinero dentro.
A veces eran cincuenta dólares.
A veces cien.
A veces, en los mejores años, incluso más.
Soñábamos con tomar café en un balcón con vistas al mar. Hablábamos de pasear por pueblos antiguos de piedra, comer demasiada pasta y bailar bajo las estrellas.
Pero la vida siempre llegaba primero.
La caldera se averió durante uno de los inviernos más fríos que jamás habíamos vivido.
Daniel necesitaba ayuda para pagar la matrícula universitaria.
Mi madre enfermó y necesitó cuidados.
Entonces Frank necesitó una cirugía de corazón.
Cada vez que abríamos la lata y sacábamos el dinero, Frank pegaba un trozo de cinta adhesiva sobre la tapa y me sonreía.
“El año que viene, Pam.”
Siempre se suponía que habría un año siguiente.
Entonces, nueve meses antes de nuestra partida prevista, Frank empezó a perder peso.
Él culpó al estrés.
Le atribuí la culpa a su obstinada negativa a ir al médico.
Cuando recibimos el diagnóstico, el cáncer ya se había extendido.
Once semanas después, mi esposo, con quien había estado casada durante cuarenta años, falleció.
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