Un parecido imposible de ignorar
Sebastián debía haber gritado. Exigir respuestas. Llamar a seguridad.
No pudo.
Uno de los niños se giró riendo, y la luz de la lámpara iluminó su rostro. Sebastián sintió que el aire lo abandonaba. La nariz, la sonrisa, la expresión… era como mirarse a sí mismo cuando era niño.
La mansión era una fortaleza. Nadie entraba sin permiso. Y sin embargo, allí estaban.
Cuatro niños comiendo como pequeños reyes en la casa que llevaba años en silencio.
Isabel lo ve primero
El suave crujido de los zapatos italianos de Sebastián fue suficiente. Isabel se giró, pálida.
Los niños siguieron su mirada.
De cerca, ya no era parecido.
Era identidad.
—¿Qué significa esto? —preguntó Sebastián, con una voz que hizo temblar la sala.
Isabel se colocó delante de los niños, protegiéndolos.
—No son desconocidos, señor.
—¿De quién son?
—Mis… sobrinos —mintió.
Sebastián observó una de las camisas. Reconoció el estampado. Era una prenda que había donado años atrás.
—¿Por qué llevan mi ropa?
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬