El arroz dorado
Un año después, la casa volvió a llenarse de risas.
Isabel sirvió arroz amarillo y los niños gritaron:
—¡Arroz dorado!
Sebastián la miró y sonrió.
—Porque nos recuerda de dónde venimos —respondió ella.
Y la mansión, por fin, se convirtió en un hogar.