La madre que persiguió uno a uno a los asesinos de su hija
Necesitaba saberlo.
Del dolor nació otra búsqueda
Los investigadores todavía tenían trabajo por delante.
Saber que Daniela había muerto no respondía todas las preguntas.
Había que determinar quién había participado.
Qué había ocurrido.
Por qué.
Y qué responsabilidad correspondía a cada persona.
Para Elena comenzó entonces una segunda etapa.
Ya no buscaba a su hija.
Buscaba justicia.
Pero nuevamente decidió hacerlo mediante información, documentación y procedimientos legales.
Guardó la libreta.
Creó una carpeta nueva.
En la portada escribió:
“Daniela.”
Los nombres comenzaron a caer
Conforme avanzó el caso ficticio, varias personas relacionadas con la investigación fueron localizadas.
Algunas aportaron testimonios.
Otras negaron cualquier participación.
Las pruebas tendrían que hablar.
Elena asistía a cada diligencia permitida.
Escuchaba.
Tomaba notas.
Preguntaba.
Cuando algo no entendía, pedía que se lo explicaran nuevamente.
Había aprendido una enorme cantidad de términos que nunca había querido conocer.
Su vida se había convertido en expedientes.
Pero había algo que se negaba a perder.
El recuerdo de Daniela como persona.
No quería que su hija terminara reducida al número de un caso.
¿Quién era Daniela?
Daniela amaba bailar.
Cantaba mientras cocinaba.
Siempre dejaba vasos de agua por toda la casa.
Tenía la costumbre de llamar a su madre varias veces al día para contarle cosas insignificantes.
—Mamá, vi un perro precioso.
—Mamá, mira estos zapatos.
—Mamá, ¿qué vamos a comer?
Después de su desaparición, Elena comprendió cuánto podía extrañarse incluso aquello que antes parecía cotidiano.
El silencio de la casa era insoportable.
Una fotografía cambió el sentido de la lucha
Un día, revisando imágenes antiguas, Elena encontró una selfie.
Aparecían las dos.
Daniela estaba detrás de ella abrazándola.
Ambas sonreían.
Elena imprimió la fotografía.
La colocó dentro de la carpeta.
Desde ese momento la llevaba a todas partes.
Cuando alguien preguntaba por qué continuaba después de tantos meses, Elena mostraba la imagen.
—Por ella.
Nada más.
El hombre de la inicial
Finalmente apareció información suficiente para identificar al misterioso R. Salgado.
Era un hombre que había utilizado distintos domicilios.
Durante semanas su ubicación fue incierta.
Hasta que una llamada permitió situarlo en otra región.
La información fue verificada.
Las autoridades correspondientes actuaron.
Elena recibió la noticia horas después.
Uno de los nombres que llevaba meses escrito en su libreta finalmente había sido localizado.
Pero no celebró.
Todavía faltaba establecer responsabilidades mediante el proceso correspondiente.
Para ella, localizar personas no era el final.
El final era conocer la verdad.
Frente a frente
Meses más tarde, durante una diligencia judicial dentro de esta historia ficticia, Elena vio a uno de los investigados.
Había imaginado ese momento.
Pensó que sentiría rabia.
Pensó que gritaría.
Pero ocurrió algo diferente.
Permaneció en silencio.
Miró la fotografía de Daniela que llevaba entre las manos.