No fue perfecto, pero fue hermoso.
Seda suave color marfil con diminutas flores azules que forman un patrón de retazos.
La noche siguiente llamé a Melissa al salón.
“Tengo algo para ti.”
Sus ojos se abrieron de par en par al ver el vestido.

“¡Papá!”
Tocó la tela con cuidado. “¡Es tan suave!”
“Ve a probártelo.”
Unos minutos después, salió de su habitación dando vueltas.
“¡Parece que soy una princesa!”, chilló.
La abracé con fuerza.
“La tela es de los pañuelos de mamá”, le dije.
Sus ojos se iluminaron.
“¿Entonces mamá ayudó a hacerlo?”
“En cierto modo, sí.”
Me abrazó de nuevo. “Me encanta”.
Ese momento hizo que valiera la pena cada noche de insomnio.
El día de la graduación llegó cálido y luminoso.
Los padres llenaron el gimnasio de la escuela mientras los niños corrían con coloridos atuendos.
Melissa me tomó de la mano mientras entretábamos.
—¿Estás nervioso? —pregunté.
“Un poco.”
“Lo harás genial.”
Con orgullo, alisó la falda de su vestido.
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