«Deja de comportarte así, Catherine, porque es ridículo, ya que esta casa es mía tanto como tuya».
Hice una pausa, luego me giré y lo miré fijamente con una mirada fría y penetrante.
«¿De verdad crees que esta es tu casa?».
Se quedó callado un instante revelador, y esa breve vacilación me lo dijo todo: comprendía perfectamente dónde residía el verdadero poder en esa habitación.
Regresé al salón, abrí el pequeño cajón de caoba donde guardábamos las llaves de repuesto y las dejé caer sobre la mesa de centro con un clic seco: la llave de la puerta principal, el mando a distancia de la verja, la llave de la habitación de la empleada doméstica y la pequeña y pesada llave de la caja fuerte de la pared.
El rostro de Benjamin palideció, su confianza se desmoronó al recordar de repente el detalle que su arrogancia le había permitido relegar al fondo de su mente.
La casa me la había dejado mi madre, con la escritura a mi nombre mucho antes de que Benjamin y yo nos casáramos, y esa caja fuerte guardaba documentos legales privados que él jamás tuvo derecho a tocar.
Margot se puso de pie lentamente, pálida y asustada.
—Cathy, por favor, déjame intentar explicártelo todo —suplicó en voz baja.
La miré sin gritar, sin rabia, pero la frialdad de mi mirada pareció herirla más que cualquier ira.
—No vuelvas a llamarme por ese apodo mientras estés en mi casa, sufriendo las consecuencias de una traición que tú misma ayudaste a orquestar.
Benjamin golpeó la mesa de madera con el puño en un repentino arrebato de frustración.
—¡No me quedaré aquí parado permitiendo que me humilles delante de ellos!
Apreté el asa de mi maleta y lo miré con una certeza final que pareció tensar el aire entre nosotros.
—Tienes hasta mañana por la mañana para sacar absolutamente todas tus pertenencias de esta propiedad.
Soltó una risa breve y vacía que sonaba más a pánico disimulado que a confianza.
—¿Y qué exactamente…?
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