De Mariana.
Falsificado.
Por primera vez en trece años, Arturo comprendió que no se enfrentaba a una esposa rota.
Se enfrentaba a una mujer que podía destruirlo legalmente.
Y aún no había mostrado las peores pruebas.
PARTE 3
Arturo no durmió esa noche.
No regresó a casa. No volvió a la suite presidencial. No llamó a Camila.
En cambio, atravesó el vestíbulo del hotel como un hombre que ya no sabía a dónde pertenecía.
A la mañana siguiente, las consecuencias se sucedieron una tras otra.
Su empresa convocó una reunión de emergencia. Recursos Humanos abrió una investigación sobre su relación con Camila, quien trabajaba en su departamento. Los socios comenzaron a exigir explicaciones. Un banco solicitó los documentos originales.
Cuando su abogado, Rafael, revisó las pruebas presentadas por Mariana, se quedó inmóvil.
“Esto es muy completo.”
—¿Podemos luchar contra ello? —preguntó Arturo.
“Podemos responder”, dijo Rafael. “Luchar es diferente”.
La firma falsificada podría convertir un divorcio complicado en un asunto penal.
Arturo golpeó el suelo con el puño.
“Me tendió una trampa.”
Rafael parecía cansado.
“No, Arturo. Entraste al hotel de su familia con tu amante. Ella simplemente abrió la puerta.”
En las semanas siguientes, la vida de Arturo se fue reduciendo.
Su oficina se enfrió.
Sus socios dejaron de confiar en él.
Camila fue suspendida.
La casa en Lomas pertenecía legalmente a Mariana.
Cuando Arturo recogió su ropa bajo supervisión, incluso el ama de llaves lo miró con lástima.
Un mes después, firmó el reconocimiento de divorcio, no porque aceptara su culpabilidad, sino porque negarse solo le costaría más.
Mariana no asistió a la primera audiencia.
Ella envió a Octavio.
Eso hirió a Arturo más que el odio.
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