Pero algo dentro de mí se quedó muy, muy quieto.

Quería saber con quién hablaba Aaron, qué planeaba y por qué había fingido amarme durante todos esos años. Quería saberlo todo, no una confrontación en el pasillo de la que pudiera escapar con esa sonrisa amable.

Así que tomé otra decisión.

Me sequé la cara con el dobladillo del vestido. Volví a la cocina con unas piernas que no sentía como mías.

Tomé la botella de vino y serví dos copas perfectas.

Practiqué mi sonrisa frente al reflejo de la puerta del microondas. La misma sonrisa tonta que había lucido durante 15 años.

Cuando Aaron salió del dormitorio, se dirigió a su despacho y regresó vestido con un traje, con las manos metidas a la espalda, ocultando algo.

—Estás preciosa esta noche —dijo, mirándome.

—Tú también —respondí, pero no lo decía en serio.

Mi marido abrió la boca para decir algo más.

Fue entonces cuando oí el crujido de los neumáticos sobre la grava de afuera.

Se oyó un portazo. Unos pasos subieron por nuestro camino, firmes y pausados, como si pertenecieran a alguien invitado.

¡Entonces llamaron a la puerta!

La suave sonrisa de Aaron se amplió, y supe, con fría certeza, que quien quisiera que estuviera al otro lado de esa puerta era la pieza que faltaba en la mentira que había construido durante más de una década.

—Vaya, vaya —dijo mi marido—. ¿De verdad creías que estaba contigo por amor?

Me quedé de pie, sosteniendo mi copa de vino con firmeza. Todavía no me fiaba de mi voz, así que solo incliné la cabeza y esperé.

La puerta se abrió de golpe y la persona que había llamado entró. Me giré lentamente, preparándome para ver a una mujer desconocida. Pero no era una mujer desconocida.