Había tomado una decisión.
Yo también.
Los niños y yo nos mudamos a la casa del lago mientras seguía el divorcio. Al principio, vivir allí era doloroso porque cada habitación me recordaba a mi madre.
Con el tiempo, los recuerdos volvieron a ser reconfortantes.
Mi hija durmió con su conejo de peluche junto a la ventana. Mi hijo leía bajo la lámpara que Marcus instaló cerca de su cama. Plantamos flores nuevas en el jardín y reemplazamos las cortinas arruinadas.
Una tarde, estaba en el porche viendo a los niños jugar cerca del agua.
Fue entonces cuando finalmente entendí por qué mi madre había luchado tanto por mantener la casa.
Nunca se trató de dinero, muros o tierras.
Era el lugar donde nuestra familia siempre se había sentido más segura.
Daniel creía que destruirlo me obligaría a rendirme.
En cambio, su traición me recordó lo que realmente valía la casa.
No era un activo.
Era nuestro hogar.