— ¿Qué edad tienen? —susurró.
“Cuatro.”
Se puso pálido.
“Nacieron siete meses después de que me fui de tu casa”.
Alejandro abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
Uno de los niños preguntó: “Mamá, ¿lo conocemos?”.
Valeria le acarició el pelo.
“Todavía no, mi amor.”
La palabra aún cayó entre ellos como una piedra.
Alejandro se acercó.
“Son mis hijos.”
La mirada de Valeria se endureció.
“Son niños, Alejandro. No son propiedad que acabas de recuperar”.
Entonces le hizo la pregunta que la destrozó de nuevo.
“¿Ese doctor era su padre?”
Valeria lo miró fijamente.
“El Dr. Emiliano Vargas fue mi especialista en embarazos de alto riesgo”.
Alejandro quedó paralizado.
“Estaba embarazada de trillizos”, dijo. “Tenía miedo. Hubo complicaciones. Él me repetía que no esperara más porque derecho tenía a saberlo”.
Su rostro cambió.
“Los mensajes que encontraste no eran de un amante. Eran de un médico que me suplicaba que le contara la verdad a mi marido”.
Antes de que Alejandro pudiera responder, un SUV gris se detuvo cerca.
Doña Elena, su madre, salió.
Valeria sintió que se le helaba la sangre.
Elena miró a los niños, luego a Valeria.
“Así que era cierto.”
Alejandro se giró bruscamente.
“¿Qué dijiste?”
Su madre guardó silencio.
Y en ese silencio, todo cambió.
—¿Lo sabías? —preguntó Alejandro.
Elena apartó la mirada.
“Solo hice lo necesario para protegerte”.
La voz de Alejandro se apagó.
“¿Qué hiciste?”
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