Mi hermana intentó arruinar mis fotos de boda… pero la cámara captó lo que hizo a mis espaldas
Cuando terminó, mi papá miró a Camila. “¿Por qué?”
Camila empezó a llorar de inmediato. “No fue como parece.”
Diego soltó una risa seca. “¿No fue como parece? Arruinaste el vestido de mi esposa.”
“Fue un error”, dijo ella.
“Fue el último”, respondí. “No el único.”
Mi papá abrió el segundo video.
La mesa de regalos apareció en la pantalla.
Camila se vio a sí misma robando sobres.
Luego se escuchó otra vez: “¿O quieres que todos sepan qué pasó con el dinero de la abuela Lupita?”
Mi papá pausó. Miró a mi mamá. “Teresa, ¿qué dinero?”
Mi mamá cerró los ojos. “Raúl, no así.”
Él golpeó la mesa con la mano abierta. “Sí. Así.”
Yo apenas podía respirar.
Mi papá se levantó, fue al mueble donde guardaba documentos y regresó con una carpeta manila.
Mi mamá comenzó a llorar. “Raúl, por favor.”
Él sacó dos sobres amarillentos con la letra de mi abuela.
Uno decía Valeria. El otro decía Camila. Me entregó el mío.
Adentro había una carta. “Mi Valeria: no dejes que nadie te convenza de que amar significa hacerte pequeña. Te dejo una ayuda para que tu sueño pese menos.”
Mis manos temblaron. “¿Cuánto?”, pregunté.
Mi papá miró un estado de cuenta. “Doscientos cincuenta mil pesos para cada una.”
Camila abrió la boca. “¿Para cada una?”
Miré a mi mamá. “¿Dónde está mi dinero?”
Ella bajó la vista. “Ya no está.”
La frase cayó sobre la mesa como una piedra.
Y antes de que alguien pudiera hablar, mi papá preguntó lo que cambiaría todo: “Teresa… ¿en qué lo gastaste?”