Esa mañana gozaba de perfecta salud.
Los días que siguieron se confundieron. Nuestra casa estaba llena de flores. Amigos y familiares iban y venían. Apenas dormía, apenas comía y apenas hablaba.
Mark se encargó de todo: los preparativos del funeral, el papeleo y las conversaciones con los familiares. Siempre que surgían preguntas, las respondía antes que yo.
En aquel momento, creí que me estaba ayudando a superar el peor momento de mi vida.
No me di cuenta de que estaba ocultando algo.
Cinco días después del funeral, la maestra de Ava, la señorita Greenwood, volvió a llamar.
Parecía nerviosa.
Mientras revisaba las grabaciones de seguridad de la guardería, notó algo preocupante y sintió que yo debía verlo.
Minutos después, llegó el vídeo.
Al principio, nada parecía fuera de lo común.
Mark acompañó a Ava hacia la entrada de la guardería.
Entonces apareció una mujer junto a ellos.
Le entregó a Ava una bebida embotellada y le habló con cariño.
La mujer no era una desconocida.
Era Lauren, una de las compañeras de trabajo de Mark.
La reconocí inmediatamente.
Las imágenes mostraban a Lauren tocando el brazo de Mark con cariño antes de que ambos se marcharan juntos.
Se me cayó el alma a los pies.
De repente, meses de comportamiento extraño volvieron a mi mente.
Los mensajes de texto nocturnos.
El teléfono bloqueado.
Las interminables “cenas de trabajo”.
Las excusas.
Llamé a la señorita Greenwood, quien admitió que Ava parecía sentirse inusualmente cómoda en presencia de Lauren.
Eso me molestó aún más.
Daba a entender que ya se habían conocido antes.
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