Me reí, sintiéndome más ligera.
“A decir verdad, Jill, todos estábamos nerviosos. Es difícil estar a la altura de Katie”.
—Lo es —dije, observándola girar, con la insignia reluciente—. Le alegraste la noche. Le devolviste algo que creía perdido.
—Eso es lo que hacen las familias —respondió—. Keith nos hizo prometerlo. Nunca hubo duda.
Katie corrió hacia mí, radiante. “¡Mamá! ¿Me viste bailar? ¡Y el general Warner ni siquiera me pisó los dedos del pie!”
Me arrodillé y la abracé, aferrándome a ella un poco más. “Estuviste increíble, mi amor. Y tu papá… estaría tan feliz”.
El general Warner la saludó. “Fue un honor, señora. Nos hizo quedar bien a todos”.
Cuando sonó la última canción, el gimnasio se estalló en aplausos. Padres y profesores vitorearon mientras Katie hacía una reverencia en el centro de la pista. Cassidy quedó paralizada al borde, obligada a mirar.
Al salir, Katie me presionó la mano. “¿Podemos volver el año que viene?”
“Sí, estaremos aquí”, prometí. “Y papá también”.
Salimos a la fría noche. La mano de Katie estaba cálida en la mía. Sobre nosotros, las estrellas brillaban más que nunca. Por primera vez desde que Keith se fue, sentí la promesa que me hizo.
Vivía en las risas que aún resonaban en el gimnasio. Vivía en la forma en que nuestra pequeña daba vueltas bajo la luz de la luna. Era, por fin, nuestro hogar.