Y no estaba sola.

Ella estaba allí con un hombre.

Cuando vi la foto que me envió Marcus, se me heló la sangre.

Era mi médico.

El hombre que me había estado recetando la medicación durante años.

Las mismas pastillas que me habían estado sentando mal.

Las piezas encajaron con una claridad aterradora.

Esto no era paranoia.

Esto era un plan.

Fui al hotel.

No los confronté.

Escuché.

A través de la puerta, oí la voz de Margaret: ligera, emocionada.

“No puedo creer lo fácil que es esto”, dijo.

El doctor se rió.

—Lo tendrás todo —le dijo.

La respuesta de Margaret me heló la sangre.

“Solo el seguro cuesta ochocientos mil”, dijo. “Y todo lo demás. Casi dos millones”.

Y entonces llegó la peor parte.

“Lo ha estado envenenando lentamente”, dijo el médico.

Margaret respondió con calma:

“En pequeñas dosis. Parece natural”.

Hablaban de mi muerte como si fuera algo programado.

Como si fuera inevitable.

Me aparte de la puerta, temblando.