Valeria condujo directamente a la casa de sus padres. Esa misma noche, Mateo llegó a buscarla. Llevaba 3 llaves nuevas y las arrojó sobre la mesa como si estuviera haciendo 1 acto de inmensa generosidad. “Mi mamá dice que Beto solo se quedará 1 mes, ayudar en los momentos difíciles es lo normal”, justificó él, acomodándose en la silla. El padre de Valeria, que había estado escuchando en silencio, golpeó la mesa con 1 furia contenida. “¿De quién es la casa, Mateo?”. El hombre, acorralado y tartamudeando, murmuró: “De… de mi esposa”. Valeria lo observó con 1 desprecio absoluto; por primera vez vio con claridad cruel que Mateo no era 1 pacificador, era 1 cobarde que siempre elegía el camino que menos problemas le causara a él, obligándola a ella a tragarse todos los abusos. Esa misma noche, Valeria tomó 1 decisión irreversible.
A la mañana siguiente, a las 9 en punto, Valeria no llegó sola al piso 13. Iba escoltada por la licenciada Durán, 1 abogada implacable, el administrador del edificio y 1 notario público para levantar actas. Cuando tocaron el timbre, fue Ximena quien abrió la puerta. Al ver a la comitiva legal, la joven embarazada palideció y retrocedió por instinto. Doña Rosa apareció desde la cocina en pantuflas, con el ceño fruncido. “¿Qué circo es este, Valeria? ¿Acaso no te da vergüenza exhibir los problemas de familia así?”.
—Esta es mi propiedad —respondió Valeria con 1 voz tan afilada que cortaba el aire del pasillo—. Y ustedes la están ocupando de manera ilegal. Tienen exactamente 24 horas para largarse. Si mañana a esta hora sigue 1 sola de sus cosas aquí, entrará la fuerza pública a desalojarlos y exigiré compensación por cada daño.
Beto salió corriendo del cuarto, con el rostro rojo de ira. “¿Vas a echar a la calle a 1 mujer embarazada? ¡No tienes corazón, nos vamos a quedar en la calle!”. Valeria lo miró de arriba abajo con frialdad. “Tienes 24 años y 1 hijo en camino, Beto. Es tu responsabilidad buscarle 1 techo a tu familia, no la mía. Mi casa no es beneficencia”. Doña Rosa empezó a gritar histérica que Mateo le había dado permiso y que él tenía derechos de esposo. Fue entonces cuando la abogada intervino con 1 tono de acero: “Señora, el señor Mateo no figura como propietario de este inmueble. Es 1 bien privativo. Si no desalojan, las consecuencias penales recaerán directamente sobre ustedes”.
En ese instante de máxima tensión, el celular de Doña Rosa sonó. Al ver el nombre en la pantalla, la arrogancia de la mujer se evaporó. Valeria alcanzó a escuchar que respondía en 1 rincón del balcón con 1 susurro aterrorizado: “Don Carlos, no me llame más, le juro que ya casi tengo el dinero, deme unos días para arreglarlo”. Cuando colgó, Doña Rosa estaba temblando, blanca como el papel. Valeria comprendió en ese segundo que la invasión de su departamento no era 1 simple abuso de confianza; ocultaba 1 secreto mucho más oscuro e inminente.
Para asegurar que esa familia nunca más tuviera poder sobre ella, Valeria ejecutó su siguiente jugada. A través de 1 contacto inmobiliario de confianza de su padre, puso la casa a la venta ese mismo día. 1 joven pareja de profesionistas que amaba el edificio firmó la promesa de compra a las pocas horas. Cuando Doña Rosa se enteró de la venta mientras sacaba sus bolsas de basura al pasillo, entró en pánico total. “¡No puedes venderla! ¡Te juro que no te dejaremos en paz!”, gritó la suegra, desquiciada. Valeria se acercó a ella y le susurró al oído: “Si sigue molestando, llevaré este asunto a las autoridades, incluyendo el cambio de chapa, la ocupación y esas misteriosas deudas que intenta ocultar”. Doña Rosa enmudeció.
Con el departamento vendido y el dinero asegurado en su cuenta, Valeria se mudó a 1 pequeño pero hermoso departamento rentado. Sin embargo, el destino le tenía preparada 1 pieza clave del rompecabezas. A la mañana siguiente, recibió 1 llamada de 1 número desconocido. Era Don Carlos, el nombre que aterrorizaba a su suegra. Se reunieron en 1 cafetería discreta. El hombre, 1 prestamista informal de la zona, le confesó la verdad cruda: Doña Rosa le debía más de 800000 pesos. Había pedido préstamos sobre préstamos para cubrir deudas viejas y, sobre todo, para mantener económicamente a la familia de Beto, fingiendo frente a todos que era 1 mujer de recursos. Su plan maestro era adueñarse del piso 13, forzar a Valeria a cederlo por la presión social de ser “la buena esposa mexicana”, y eventualmente venderlo para liquidar la masiva deuda de 800000 pesos.
¡Continuará!