—Todavía puedes evitar hacer el ridículo —me dijo en voz baja—. Firma rápido, acepta lo que te ofrezcamos y desaparece con un poco de dignidad.
La miré sin decir una sola palabra.
Alejandro, en cambio, se veía nervioso.
No porque me estuviera perdiendo.
Nunca fue eso.
Estaba nervioso porque no tenía el control de la situación.
—Valeria —dijo en voz baja—, no hagas esto más difícil de lo que ya es.
Lo miré igual que la noche anterior.
—Eso es exactamente lo que he hecho durante tres años —respondí—. Hacerte la vida más fácil.
Luego entramos.
La secretaria empezó a revisar los papeles, pidiendo identificaciones sin prestar demasiada atención… hasta que vio la mía.
La expresión de su cara cambió en menos de un segundo.
Primero rutina.
Luego sorpresa.
Después, algo mucho más cuidadoso.
—¿Señora Valeria…? —dijo, leyendo de nuevo mi apellido.
Rebeca sonrió con fastidio.
—Sí, sí, la esposa. No hace falta tanto teatro.
Pero la secretaria ya no la estaba mirando a ella.
Me estaba mirando a mí.
Y entonces se puso de pie.
No fue escandaloso.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬