Vieja inútil.
La frase empezó a hervir dentro de mí.
Volví a mi cuarto, el más pequeño del departamento. Cuando me mudé allí dos años antes, fui yo quien insistió en darles la recámara principal “para que tuvieran privacidad”. Qué palabra tan generosa, privacidad. A veces las madres usamos palabras bonitas para disfrazar nuestra propia renuncia. Me senté en la cama, esa cama sencilla que traje de mi antigua casa, y miré la oscuridad hasta que la primera luz del amanecer se asomó entre las rendijas de las persianas.
Ya no lloré.
Hay un momento en la vida de toda mujer en que las lágrimas se terminan y lo único que queda es la claridad.
A las siete preparé café de olla como todos los días. El aroma de canela y piloncillo llenó la cocina. Puse la mesa. Saqué pan dulce. Serví fruta picada. Hice lo mismo que haría cualquier madre mexicana aunque el corazón lo tuviera molido en el metate.
Roberto salió primero, traje barato, corbata mal puesta, mirada clavada en el celular. Se sirvió café sin decir buenos días. Ni una disculpa. Ni una mueca de vergüenza. Nada. Luego apareció Lucía, despeinada, con la culpa pegada a la cara como el maquillaje corrido.
—Mamá… —empezó.
—Siéntate a desayunar —dije, sin voltearla a ver.
Mi propia voz me sorprendió. No tenía temblor ni tristeza. Sonaba plana. Limpia. Como si algo se hubiera apagado adentro.
—Roberto estaba muy cansado anoche —murmuró, untando mantequilla sobre un pan con manos nerviosas—. Ya sabes cómo se pone cuando lo despiertan…
—No le hagas caso.
Me di vuelta y lavé una cuchara que ya estaba limpia.
Entonces Roberto, desde la sala, soltó con ese tono despreocupado del hombre que nunca ha pagado el piso que pisa:
—Dile que para la próxima cierre herméticamente la puerta del baño. En serio, Lucía, es insoportable. Parece que vivimos en un asilo.
Lucía bajó la cabeza.
No lo defendió a él.
No me defendió a mí.
Y allí, mientras el café hervía bajito y la ciudad despertaba afuera, algo terminó de romperse.
Miré alrededor.
La mesa de roble era mía. El refrigerador de doble puerta era mío. La televisión inmensa era mía. El sofá italiano donde Roberto estiraba las piernas sucias era mío. Las cortinas, la vajilla, el microondas, la lavadora, los cuadros del pasillo, la cafetera, la licuadora, los tapetes, la lámpara de pie… todo. Hasta el departamento estaba a mi nombre. Cuando vendí la casa grande y traspasé el restaurante, usé ese dinero para comprarlo. Mi notario, un viejo amigo, insistió en que lo dejara solo a mi nombre. “La familia no se protege con buena fe, Francisca, se protege con papeles”, me dijo aquel día. Qué razón tenía.
Les permití vivir allí sin renta. Solo pagar servicios y ahorrar para su futuro. En dos años no ahorraron un peso. Pero sí cambiaron de auto, cenaron fuera, compraron ropa cara y aprendieron a tratarme como si yo fuera un mueble viejo del que no podían deshacerse.
Cuando salieron rumbo al trabajo, los vi desde la ventana. Roberto caminaba adelante, rápido, sin esperar a nadie. Lucía trotaba detrás de él como siempre, tratando de alcanzarle el paso al hombre que confundía autoridad con grosería. Los observé subirse a su coche nuevo. Esperé a que doblaran la esquina.
Luego fui a mi recámara.
Abrí el cajón de la mesita de noche y saqué mi libreta vieja de contactos. La de tapas negras, gastadas por los años. La de La Olla de Cobre. Pasé las páginas con calma hasta encontrar lo que buscaba.
Mudanzas El Toro – Don Anselmo
Marqué.
—¿Bueno?
—Don Anselmo, habla Francisca. La de La Olla de Cobre.
Hubo un segundo de silencio. Después una carcajada cálida.
—¡Doña Francisca! ¿Dónde se me había metido? Si hasta extraño sus chiles rellenos.
—Necesito un favor, Anselmo. Uno grande.
—Lo que usted mande.
Miré la sala. Miré el comedor. Miré la cocina reluciente. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, una paz feroz.
—Necesito el camión más grande que tenga. Y lo necesito hoy. Voy a vaciar un departamento.
—¿Hoy mismo?
—Ahora mismo. Digamos que hay un problema de malos olores y urge sanear el ambiente.
Se rio.
—En cuarenta minutos estoy allí.
—Llévense todo lo que tenga etiqueta verde —dije.
Colgué, busqué la cinta adhesiva y empecé a marcar mis cosas. Prácticamente todo el departamento quedó salpicado de pequeños cuadros verdes. Al entrar al cuarto de Lucía y Roberto, metí sus perfumes, maquillajes y aparatos en una bolsa, pero me detuve. No. Yo no soy ladrona ni vándala. Saqué todo y lo dejé sobre la cama. Yo no iba a tocar lo suyo. Me iba a llevar lo mío. Y el verdadero problema para ellos era que, en esa casa, casi todo era mío.
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