—Papá está orgulloso de ti.
—Papá está orgulloso hasta cuando barro.
—Sí, pero esta vez tiene razón.
Valeria miró las estrellas.
—Ese día, cuando Paredes me pegó, quise responder. Mucho. Pude haberlo hecho.
—Lo sé.
—Una parte de mí todavía se pregunta si debí hacerlo.
Alejandro guardó silencio un momento.
—Si lo hubieras hecho, todos hablarían de la teniente que golpeó a un policía. Como no lo hiciste, tuvieron que hablar del policía que abusó de su poder.
Valeria bajó la vista.
—Me sentí impotente.
—No lo fuiste.
—Me esposaron.
—Y aun así ganaste.
Ella respiró hondo.
Quizá tenía razón.
La fuerza no siempre se veía como ella imaginaba. A veces era resistir la humillación sin perder el control. A veces era llamar a alguien. A veces era documentar, declarar, volver a contar lo doloroso para que no quedara escondido.
A veces era dejar que la verdad llegara escoltada, no por venganza, sino por justicia.
Don Mateo apareció en la puerta del patio.
—¿Van a quedarse filosofando o van a venir por tortillas?
Alejandro suspiró.
—Sí, mi general.
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