La respuesta llegó días después.
Llegó un sobre de mensajería con mi nombre mecanografiado cuidadosamente en la portada.
Dentro había una sola carta. Reconocí la letra de Troy al instante.
Necesito que lo sepas claramente: te mentí, y elegí hacerlo.
Explicó que había estado recibiendo tratamiento médico. No es local. No es sencillo. Tenía miedo de que, una vez que lo dijera en voz alta, se convirtiera en mi responsabilidad en vez de en mi pareja.
Así que pagó las habitaciones. Movió dinero. Respondió mal. Y cuando le pregunté directamente, seguía sin decírmelo.
Eso estaba mal.
No hiciste nada malo. Tomaste tu decisión con la verdad que tenías. Espero que algún día eso te traiga paz.
Te quería de la mejor manera que sabía.
No lloré enseguida.
Me quedé allí, con el papel en las manos, dejando que las palabras se asentaran.
Había mentido. Eso no había cambiado. Pero ahora entendía la forma que tenía.
Si tan solo me hubiera dejado entrar.
Doblé la carta, la volví a meter en el sobre y me quedé allí pensando en un hombre al que había conocido y amado toda mi vida—y perdido dos veces.