Había habido un futuro. Había habido paz. Había habido dos niños que necesitaban una madre lo suficientemente valiente como para dejar de pedir permiso.
Cuando llegué a nuestra casa en Londres, la puerta roja se abrió antes de que llamara. Madison corrió a mis brazos. Connor estaba detrás de ella, ahora más alto, intentando parecer despreocupado, pero sin éxito.
—Has vuelto —dijo.
“Dije que lo estaría.”
La lluvia golpeaba las ventanas. La cocina amarilla resplandecía. Mis hijos me hicieron entrar.
Y finalmente comprendí que los finales felices no siempre llegan con fuegos artificiales.
A veces son simplemente esto:
Sin miedo.
Sin esperas.
No faltaba nadie en la mesa que debía quedarse.
Solo nosotros.
Entero.
Gratis.