Finalmente, llegó una carta.
No era una disculpa, no exactamente—pero mostraba que algo había cambiado. Un pequeño entendimiento.
No respondí. Todavía no.
Porque curar lleva tiempo.
Ahora, mi vida está tranquila. Me siento en mi jardín, bebo té y disfruto del silencio que antes temía. La carpeta negra permanece guardada—no como arma, sino como prueba.
Prueba de que mi historia importaba.
Que mi voz era real.
Que tenía derecho a protegerme.
Y si me arrepiento de algo, es solo de esto:
Que tenía que llegar a eso.
Pero nunca me arrepentiré de haber elegido mi dignidad.