Pero al final, las excusas empezaron a acumularse.
«Los niños se están recuperando de un resfriado».
“Tenemos contratistas aquí toda la semana.”
“Los clientes de Preston vienen esta noche.”
“Lo siento, Margaret, pero Hannah está cansada después de un día ajetreado.”
“Es más fácil si vamos nosotros.”
Varias veces me ofrecí a pasar, pero Hannah siempre encontraba otra excusa para posponerlo. Al final, dejé de preguntar.
Veía a mis nietos en parques, restaurantes y en mi apartamento, pero nunca en su casa.
Después de un tiempo, la inseguridad empezó a llenar el vacío.
Pensé que tal vez Hannah se sentía avergonzada de mí, de mi uniforme de fábrica, de mi viejo coche y de mi pequeño apartamento con las tuberías chirriantes.
Entonces, ayer por la tarde, todo cambió por un mensaje de voz.
Acababa de llegar a casa del trabajo cuando mi teléfono vibró con una notificación de Messenger. Le di a reproducir mientras calentaba las sobras en el microondas, y al principio, sonó como si hubiera sido accidental.
Primero se oyeron sonidos amortiguados.
Escuché dibujos animados, a uno de los niños riéndose y el ruido de las ruedas de sus juguetes sobre el suelo de madera. Los gemelos se habían obsesionado últimamente con grabar todo con sus dispositivos.
El video solo mostraba el techo, como si la tableta hubiera estado boca arriba.
Casi lo borro cuando oí voces de adultos.
Reconocí a la madre de Preston de inmediato.
—¿Por qué la madre de Hannah nunca viene? —preguntó.
Me quedé paralizada.
Hubo una pausa.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬