“Obviamente.”
“Pido disculpas por haberme presentado sin previo aviso.”
“Lo lograste de todos modos.”
Aceptó la reprimenda en silencio.
“He traído algo.”
Nathan se dirigió al porche con dos pequeñas bolsas de regalo.
Los chicos lo vieron inmediatamente.
—¡Mamá! —gritó Ethan—. ¡Es el hombre del hotel!
Nathan sonrió con incomodidad.
“¿El recepcionista del hotel?”
—Parecías triste —explicó Elliot con seriedad.
Nathan se rió de verdad.
Emily odiaba lo mucho que le afectaba ese sonido.
Los chicos se acercaron con cautela.
Nathan se arrodilló.
“Traje algunos libros sobre dinosaurios.”
Ambos chicos se quedaron boquiabiertos, visiblemente emocionados.
Emily se cruzó de brazos.
“¿Ya los estás sobornando?”
Nathan la miró.
“No. Estoy tratando de reunirme con mis hijos.”
La sinceridad en su voz la ablandó un poco, a pesar de sí misma.
Los chicos se abalanzaron sobre las bolsas con entusiasmo.
En cuestión de segundos, se encontraron sentados en el suelo del porche, hojeando páginas coloridas.
Nathan los observaba como si estuviera presenciando algo sagrado.
Emily notó un ligero temblor en sus manos.
—Les encantan los libros —admitió en voz baja.
“Recuerdo.”
La frase la dejó atónita.
Nathan miró hacia el mar.
“Lees todas las noches antes de irte a la cama.”
Emily apartó la mirada rápidamente.
Terreno peligroso.
La nostalgia puede derribar barreras con demasiada rapidez.
Nathan permaneció en silencio un rato, observando a los gemelos.
Y finalmente:
“Se llaman entre sí E y Eli.”
Emily parpadeó.
“¿Cómo lo supiste?”
“Elliot lo llamaba E en el hotel.”
Obviamente se había dado cuenta.
Nathan siempre se había fijado en los detalles.
Pero no las emocionales.
O al menos, no antes.
Finalmente, los chicos se dirigieron a la orilla, persiguiendo cangrejos entre las rocas.
Nathan y Emily se quedaron solos en el porche.
La tensión se hizo palpable de inmediato.
Nathan habló primero.
“Sé que no merezco el perdón.”
Emily no dijo nada.
“Sé que desaparecer fue tu manera de sobrevivirme.”
Me dolió porque era verdad.
Nathan dejó escapar un suspiro lento.
“Pero quiero conocerlos.”
Emily miró hacia los chicos.
“Son buena gente.”
“Lo veo.”
“Nunca se acostaron preguntándose si importaban.”
Nathan se estremeció visiblemente.
Emily continuó hablando en voz baja.
“Trabajé mucho para que esto sucediera.”
Una expresión de culpabilidad cruzó su rostro.
“Jamás les haría daño.”
“Lo sé.”
Nathan parecía sorprendido.
Emily lo miró fijamente a los ojos.
“Me hiciste daño porque dejaste de valorar nuestra relación, no porque seas cruel.”
Esa distinción pareció sorprenderle aún más.
Porque la crueldad sugiere intención.
Lo que Nathan había hecho era, de alguna manera, peor.
Negligencia.
Descuidar.
Un abandono emocional lento.
“Fui egoísta”, admitió.
“SÍ.”
“Y arrogante.”
“SÍ.”
“Y yo que pensaba que el éxito lo justificaba todo.”
Emily finalmente lo miró a los ojos.
“¿Y ahora?”
La voz de Nathan se fue apagando.
“Ahora daría por regalar todos los hoteles que poseo con tal de pasar otro año con mi familia.”
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