Me senté en el piso, todavía con el vestido negro.
Y entonces sí lloré.
No por don Ignacio.
Lloré por mí. Por todas las veces que me había encogido para no incomodar a Sebastián. Por las cenas pagadas, por los comentarios tragados, por los domingos enteros sonriendo mientras su familia se burlaba de mis guardias, de mi cansancio y de mi decisión de no abandonar la medicina para “darle estabilidad” a su hijo.
A la mañana siguiente, encendí el celular.
Había mensajes de Sebastián enviados durante la madrugada.
Me hiciste quedar como un imbécil.
Tu trabajo no te da derecho a humillarme.
Mi papá dice que necesitas aprender quién manda.
Regresa hoy o vas a conocerme de verdad.
Me serví café y tomé capturas de pantalla.
Después abrí los mensajes de Luis.
Emiliano se despertó. Preguntó por la doctora que arregló su corazón. Su mamá no deja de bendecirte.
Sonreí por primera vez desde la cena.
Respondí:
Voy en camino. Prepare las valoraciones de la mañana.
Cuando salí del edificio, el coche de Sebastián estaba estacionado frente a la banqueta. Él bajó del vehículo con la camisa de la noche anterior, arrugada, los ojos rojos y un aliento que olía a alcohol rancio.
—Súbete.
—Tengo pacientes.
—He dicho que te subas. Tenemos que arreglar esto antes de que mi padre haga algo.
— ¿Algo como insultarme otra vez?
Se acercó demasiado.
—Tú provocas todo. Si hubieras llegado a tiempo, si no fueras tan obsesiva con tu hospital…
—Había un niño muriendo.
—Siempre hay alguien muriéndose contigo.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Lo miré y ya no reconocí al hombre del que alguna vez me enamoré. O quizás nunca había existido; Quizás solo había visto lo que yo quería ver.
—No volveré a la casa hoy.
—¿Y dónde dormiste?
—En mi departamento.
Su rostro cambió.
—Todavía tienes ese lugar?
-Si.
—Me lo ocultaste.
—No te oculté nada. Solo no permití que también lo gastaras.
Intenté caminar hacia un taxi, pero él me agarró del brazo.
El dolor fue seco. Su mano se cerró con rabia, como si yo fuera un objeto que se le estaba escapando.
—No me des la espalda.
Lo miré directamente.
—Suéltame.
—Mariana…
—Suéltame o llamo a la policía aquí mismo.
Debió ver algo nuevo en mis ojos, porque abrió los dedos lentamente.
Subí al taxi y, antes de cerrar la puerta, dije:
—Desde hoy, paga tus propios lujos. Y no vuelvas a tocarme.
En el hospital pude volver a respirar. El olor a antiséptico que tanto asco le había dado a don Ignacio era para mí el olor del propósito. Visité a Emiliano en terapia intensiva. Su madre, una mujer joven con el rostro hinchado de llorar, se levantó apenas me vio.
—Doctora, no tengo cómo agradecerle.
El niño, débil pero despierto, alzó una mano pequeña.
—¿Usted tocó mi corazón?
Me acerqué a su cama.
—Solo lo ayudé a recordar cómo latir fuerte.
—Entonces usted es como una mecánica de corazones.
Me reí. Su madre también.
—Algo así, campeón.
Al salir, tomé una decisión.
Llamé a la licenciada Renata Salcedo, una abogada conocida por defensora a mujeres de empresarios poderosos sin dejarse intimidar por apellidos ni amenazas.
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