No fui.
Salvarlo no significaba permitirle regresar a mi vida.
Seis meses después, recibí una invitación para integrarme durante un año a un programa de cirugía cardíaca pediátrica en Houston, junto a uno de los especialistas más respetados del continente. El correo llegó la misma mañana en que Emiliano regresó a consulta caminando, con una mochila de dinosaurios y un dibujo doblado entre las manos.
—Es para usted, doctora.
Lo abrí.
Había dibujado una mujer con bata blanca sosteniendo un corazón enorme, rojo y brillante. Encima escribió con letras chuecas:
La doctora que hizo que mi corazón no tuviera miedo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Me lo voy a llevar a mi oficina nueva.
—¿Se va muy lejos?
—Un ratito. Pero voy a regresar.
Su mamá me abrazó llorando.
Esa tarde, Luis encontró el dibujo colocado en la pared de mi despacho, justo encima del escritorio.
—Le queda bien, jefa.
—Crees que estoy haciendo lo correcto al irme?
Él se sentó en la puerta.
—Doctora, usted lleva años enseñándole a los corazones de otros a seguir adelante. Ya era hora de que escuchara al suyo.
Una semana después, subí al avión con una maleta, mis libros y ninguna alegría que me recordara mi matrimonio. Antes de despegar, mi celular vibró.
Era un mensaje de Luis.
Emiliano vino a buscarla. Dice que cuando crezca también quiere arreglar corazones. Buen viaje, doctora Ríos. Aquí la vamos a extrañar.
Miré mi boleto.
Dra. Mariana Ríos.
No, señora Ferrer.
No esposa de Sebastián.
No nuera de don Ignacio.
Solo yo.
Mientras el avión comenzaba a avanzar sobre la pista, pensé en aquella cena, en el vestido negro, en los zapatos blancos de hospital y en la frase que durante meses había querido arrancarme de la memoria: “Hueles a muerte”.
Sonreí mirando por la ventanilla.
Don Ignacio se había equivocado.
Yo nunca había olvidado a muerte.
Olía a madrugada, a sacrificio, a café frío en un quirófano, a lágrimas de madres agradecidas, a corazones que vuelven a latir cuando todos creen que ya no pueden hacerlo.
Olía a vida.
Y por primera vez, esa vida era completamente mía.