Una candidata inesperada al otro lado de la bahía
En Oakland, Maya Bennett, de veinticinco años, terminaba de recoger su cabello rizado antes de salir de su pequeño departamento. Trabajaba limpiando casas durante el día y estudiaba psicología infantil por las noches, con el sueño de convertirse algún día en consejera familiar. Las cuentas sin pagar se acumulaban sobre la mesa de la cocina.
Cuando la coordinadora de la agencia le ofreció un trabajo urgente con un pago triple, Maya escuchó también la advertencia: ninguna empleada había durado más de un día, y ya habían pasado treinta y siete personas. La mayoría habría rechazado la oferta al instante. Pero Maya miró la factura de electricidad vencida y los libros de estudio que aún no podía costear, y aceptó.
La primera impresión de la mansión Whitmore
Al llegar, el exterior parecía impecable: jardines cuidados y ventanas enormes reflejando el sol. Pero al abrirse la puerta principal, la escena cambió por completo:
- Fragmentos de vidrio esparcidos sobre el piso de mármol.
- Dibujos con marcador cubriendo paredes costosas.
- Manchas de pintura sobre muebles elegantes.
- Muñecas decapitadas en la sala.
- Un ligero olor a humo aún flotando en el ambiente.
El guardia de seguridad la miró con compasión y le deseó suerte. En el piso superior la esperaba Daniel, visiblemente agotado, con ojeras marcadas y la corbata floja. Le explicó que había sido contratada únicamente para ayudar con la limpieza.
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