El regreso a una casa que ya no era la misma
Mi papá, Ricardo, se había vuelto a casar hacía algunos años con Valeria. Ella era elegante, impecable, siempre perfectamente arreglada. Más habituada a cócteles exclusivos que a tardes familiares en la cocina.
Cuando llegué, papá me abrazó fuerte.
—Esta es tu casa, hija —me dijo con voz suave.
Sentí por primera vez en semanas que podía respirar.
Valeria sonrió, pero su gesto era frío. Cortés, sí. Cálido, no.
Intenté ser invisible. Me quedé en la habitación de invitados, limpiaba todo lo que usaba y agradecía cada detalle. Papá, en cambio, parecía feliz de tenerme allí. Se sentaba junto a mí, me llevaba infusiones, me compró un pequeño peluche para los bebés. Por un momento pensé que, a pesar de todo, la vida aún me sostenía.
Hasta que papá enfermó.
Fue rápido. Demasiado rápido.
Unos días de cansancio… y luego se fue.
No tuve una despedida verdadera. Y apenas dos días después del funeral, Valeria dejó caer su máscara.
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