Una decisión que el mundo no entendió.
El papeleo se convirtió en un campo de batalla.
Los trabajadores sociales calificaron la decisión de imprudente.
Los familiares la consideraron una tontería.
Los vecinos murmuraban tras las cortinas cerradas.
“¿Qué hace un hombre blanco criando a nueve bebés negros?”
Algunas dijeron cosas mucho peores.
Pero Richard nunca vaciló.
Vendió su camioneta.
Las joyas de Anne.
Incluso sus propias herramientas.
Trabajaba turnos dobles en la fábrica.
Reparaba techos los fines de semana.
Hacía turnos de noche en un restaurante siempre que podía.
Cada dólar se destinaba a leche de fórmula, pañales y otros artículos.
Construia las cunas a mano.
Hervía botellas en la estufa.
Colgaba interminables tendederos por todo el patio como banderas de batalla.
Por la noche, permanecía despierto, escuchando nueve pequeñas respiraciones en la oscuridad, aterrorizado ante la posibilidad de perder siquiera una de ellas.
