PagesCapítulo 2: El Cabello que No se Quería Quedar en su Lugar
No debía de tener más de veintidós o veintitrés años, pero a su alrededor flotaba un aura de confianza y belleza sin esfuerzo. Su cabello largo, una cascada de miel dorada que parecía brillar bajo la luz artificial del avión, sugería horas de cuidado, estilismo y, sin duda, inversión. Cada hebra había sido atendida meticulosamente, formando ese tipo de volumen y brillo perfectos que parecen más arte que cabello.
Su atuendo, deliberadamente informal pero de evidente alta gama, transmitía otro mensaje: riqueza, gusto y un cierto desdén por lo ordinario. Jeans de diseñador rasgados, un suéter corto que insinuaba lujo en su simplicidad y unas botas impecables que jamás habían tocado charcos ni rozado aceras rugosas. Se movía con esa seguridad de quien parece acostumbrado a que el mundo se acomode a su conveniencia.
Pero no fue solo su apariencia lo que captó mi atención, sino su comportamiento. Conversaciones telefónicas en tono alto pese a los anuncios repetidos de la aerolínea, bloqueo del pasillo mientras maniobraba varios bolsos y un aire de incredulidad cuando se le pedía cumplir educadamente con los procedimientos de embarque. Era el privilegio en movimiento, sin filtros ni disculpas.
Su asiento estaba directamente frente al mío, 22A. Su llamada continuó, lo bastante fuerte como para que los detalles de algún drama interpersonal trivial llegaran completos hasta mí, desde disputas por yogures orgánicos hasta conflictos con compañeras de piso. Cerré los ojos, recordándome que el despegue pondría fin a esa agresión auditiva. Quince minutos. Podía soportar quince minutos.
Cuando comenzó la demostración de seguridad, terminó la llamada, pero la tranquilidad que esperaba fue breve. Empezó a hacerse selfies, ajustando ángulos, probando iluminación, murmurando sobre composición y filtros. Cada clic, cada sonido del obturador, erosionaba un poco más mi paciencia ya escasa.
Y entonces ocurrió.
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