No lloré.
En ese momento no.
Simplemente sostuve los papeles y sentí que algo se movía dentro de mí.
Por primera vez en mucho tiempo…
No estaba indefenso.
Cuando salí por esa puerta para ir al baile de graduación, nada volvió a ser igual.
No la casa.
No las personas que estén dentro.
Ni siquiera yo.
Se había reído del vestido.
Pero no lo entendieron.
No se trataba de cómo se veía.
Se trata de mi lugar de origen.
Lo que llevaba conmigo.
Lo que me negué a perder.
Esa noche, no me sentí invisible.
No me sentí pequeña.
No me sentía como alguien que simplemente intentaba sobrevivir en una casa que no era mía.
Por primera vez desde que murió mi padre…