La noche del baile de graduación debía ser sencilla.
No perfecta. No extravagante. Simplemente significativa.
Para la mayoría de las chicas, se trata de vestidos nuevos, fotos y de intentar que todo parezca sacado de una película. Para mí, nunca se trató de nada de eso. Se trataba de una sola cosa: el vestido que mi madre usó en su baile.
Ese vestido lo significaba todo.
Satén lavanda, suave y ligeramente desgastado por el tiempo, con flores bordadas cuidadosamente a lo largo del corpiño. No era llamativo, pero no lo necesitaba. Llevaba algo mucho más valioso que el estilo: llevaba recuerdos.
De pequeña, solía sentarme en el regazo de mi madre y hojear sus viejos álbumes de fotos. Ahí estaba ella, con diecisiete años, radiante con ese vestido, sonriendo como si nada en el mundo pudiera afectarla. Yo acariciaba la tela con los dedos, fascinada.
“Algún día, yo también lo usaré”, solía decir.
Ella sonreía dulcemente y alisaba el vestido con las manos.
—Entonces lo guardaremos a buen recaudo para ti —respondía ella.
Ese era el plan.
Hasta que dejó de serlo.
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