Me llamo Frank. Soy electricista jubilado, de esos que se fijan cuando algo cambia en una calle tranquila. Por eso me llamó la atención la caravana.
Era una Sun-Liner de los años 70 que llevaba años aparcada en el jardín de mi vecino: juntas oxidadas, neumáticos desinflados hundiéndose en el barro, ventanas agrietadas y empañadas por el moho. Una cosa olvidada.
Entonces apareció Maya.
Tiene diecisiete años y vive a tres casas de la mía con su padre en un pequeño apartamento de una habitación. Su madre murió de cáncer hace dos años. Las facturas médicas se lo tragaron todo: casa, coche, ahorros. Su padre tiene dos trabajos y duerme en el sofá para que Maya pueda usar la habitación.
Una tarde la vi darle a mi vecino 200 dólares en propinas arrugadas de un restaurante. Él se rió y le tiró las llaves. Ella dijo que había «invertido el doble». Cuatrocientos dólares. Casi me burlé. Neumáticos, tal vez, pero no una reforma.
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