PARTE 1
Me odiaba más por las noches.
Era entonces cuando la culpa se volvía insoportable. No solo por confiar en una ciudad y una escuela nuevas, sino por cada momento en que me convencía de que mi hija simplemente estaba creciendo y que necesitaba relajarme.
Angélica tenía solo dieciséis años.
La llamada llegó mientras calentaba sopa en la cocina. Al principio, solo oí la voz tranquila de un policía y una dirección repetida dos veces. Dejé la sopa hirviendo a fuego lento y me marché sin siquiera apagar el fuego.
Cuando llegué, las luces azules de emergencia parpadeaban en la calle empapada por la lluvia. La bicicleta de Angie yacía retorcida junto a la acera, mientras sus amigos estaban cerca, pálidos y temblando.
Un chico repetía la misma frase una y otra vez:
“Lo intentamos. Lo sentimos… lo intentamos”.
Me derrumbé de rodillas mientras los paramédicos llevaban a mi hija hacia la ambulancia. Una parte de mí, desesperada, aún creía que si me mantenía lo suficientemente cerca, el mundo tal vez cambiaría de opinión.
Al día siguiente, sus amigas aparecieron en mi puerta con flores y los ojos hinchados de tanto llorar. Las miré y me di cuenta de que eran las últimas personas que habían escuchado la voz de mi hija.
«No vuelvan», les dije con frialdad. «Ya han hecho suficiente».
En el fondo, sabía que no se lo merecían.
Pero el dolor necesita un lugar donde desahogarse.
Así que les cerré la puerta en la cara, sin darme cuenta de que Angie ya les había encomendado una última misión.
Antes de mudarnos a ese pueblo, Angie había sido cariñosa y dulce. Dejaba notas adhesivas en el refrigerador, se sentaba en el mostrador del baño mientras me preparaba para ir a trabajar solo para hablar conmigo, y una vez lloró por un pájaro herido hasta que pasó media noche buscando en internet cómo ayudarlo.
La sentía como mi hija y mi mejor amiga en una sola persona.
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