PARTE 1
—Ya no puedo seguir casado con una mujer que parece a punto de reventar —dijo Rodrigo frente a todos, mirando el vientre de Valeria como si fuera una vergüenza.
El pasillo del Juzgado Familiar de la Ciudad de México se quedó en silencio.
Valeria Mendoza tenía 9 meses de embarazo. Llevaba un vestido azul oscuro, sandalias cómodas y una carpeta médica bajo el brazo, porque esa mañana había salido de una revisión y no de una guerra. Le dolía la espalda, se le hinchaban los pies y cada paso le costaba aire.
Pero lo que más le dolió no fue el cuerpo.
Fue ver a su esposo, Rodrigo Salazar, tomado de la mano de Karla, la mujer con la que llevaba meses engañándola.
Karla traía uñas rojas, perfume caro y una sonrisa de triunfo. Ni siquiera fingió incomodidad.
—No hagas drama, Valeria —dijo Rodrigo, acomodándose el saco—. Esto ya estaba muerto.
—Estoy a días de dar a luz a tu hija —respondió ella, con la voz rota.
—Eso no cambia nada.
Doña Teresa, la madre de Rodrigo, apareció detrás de él con una bolsa de boutique en la mano.
—Mijita, acepta la realidad. Un hombre joven no puede vivir atado a una mujer que ya se descuidó.
Valeria sintió que la bebé se movía dentro de ella, fuerte, como si también escuchara.
La cita había empezado con una notificación fría: papeles de divorcio entregados en su departamento de la colonia Narvarte. Rodrigo ni siquiera tuvo el valor de verla a los ojos en casa. Solo mandó un mensaje:
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