Mi teléfono vibró. Era un mensaje del abogado Dawson.
“Acaban de entrar a la clínica. Mantén la calma. Sube al avión”.
Miré por la ventana mientras la ciudad pasaba borrosa en franjas grises. En ese preciso instante, la familia Castillo entraba a una suite médica privada para celebrar la muerte de Chloe y del bebé que creían que era de Adrian. Ninguno de ellos sabía que una sola frase de un médico estaba a punto de destrozar su mundo.
PARTE 2
La clínica privada del Upper East Side parecía más un hotel de lujo que un centro médico. Suelos de mármol blanco, muebles color crema, café expreso servido en delicadas tazas y recepcionistas con voces ensayadas. A la familia Castillo le encantaban lugares así, lugares diseñados para que los ricos se sintieran superiores.
Chloe estaba sentada con un vestido ajustado color marfil, con una mano sobre la pequeña curva de su vientre. A su lado, Margaret, la madre de Adrian, la observaba con orgullo reflejado en su rostro.
—Sé que es un niño —dijo Margaret con seguridad—. Ya he soñado con él tres veces.
Vanessa se ajustó el vestido blanco.
Adrian estaba junto a Chloe.
“¿Te lo imaginas? Papá habría estado tan orgulloso de ver que el apellido Castillo perdurara”.
Adrian estaba cerca de la ventana, respondiendo mensajes, tranquilo y victorioso. Se acabaron las discusiones. Se acabaron las reuniones de padres y maestros, las fiebres y las rutinas para ir a dormir. Estaba convencido de que había ganado.
Cuando la enfermera llamó a Chloe, Adrian la siguió a la sala de exploración. Margaret intentó entrar también, pero la enfermera la detuvo amablemente.
“Solo se permite un acompañante, señora”.
Dentro, Chloe se recostó en la camilla mientras Adrian le apretaba la mano.
“Relájate”, dijo. “En unos minutos, todos celebraremos el nacimiento de nuestro hijo”.
Chloe sonrió nerviosamente, pero sus labios temblaban. El Dr. Reynolds comenzó la ecografía en silencio. La imagen gris parpadeó en el monitor. Al principio, todo parecía normal. Entonces el doctor dejó de hablar. Movió el ecógrafo una vez, luego otra. Una leve arruga apareció entre sus cejas.
Adrian lo notó de inmediato.
—¿Sucede algo?
El médico revisó la historia clínica, volvió a mirar el monitor y luego pulsó un botón junto a la pared.
—Por favor, envíen al personal administrativo a la habitación tres.
Chloe palideció.
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