El sonido de la bofetada resonó más fuerte que el tintineo de las copas de champán de cristal. Durante ese terrible segundo, los doscientos parientes guardaron un silencio absoluto; luego comenzaron a susurrar, pasando mi nombre de mano en mano como si fuera algo inmundo. Sentía la mejilla ardiendo en la palma de la mano. Mi padre, vestido con su traje negro, se cernía sobre mí, con el rostro enrojecido y temblando de una ira que parecía más ensayada que sorprendida.
«¡Devuélvelo y arrodíllate!», rugió.
Al otro extremo del salón, mi madrastra, Selen, se apretaba la garganta con los dedos temblorosos. Su collar de diamantes brillaba bajo las arañas de cristal, pero la pulsera a juego supuestamente estaba «desaparecida». Se aseguró de que todos oyeran la palabra. Desaparecida. Luego se aseguró de que todas las miradas se posaran en mí. «La vi cerca de mi tocador», dijo Selen con dramatismo y lágrimas. «Nunca aceptó que yo perteneciera a esta familia». La leve risa que llenó la sala fue como un cuchillo que se pasa de mano en mano.
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