A las 12 del día, don Alejandro Santillán ya sabía 2 cosas.
El café estaba envenenado.
Y la persona que lo quería muerto conocía su rutina mejor que cualquier enemigo externo.
Julio Cárdenas entró al despacho con una laptop bajo el brazo. Mateo estaba sentado junto a su madre, Lupita Reyes, quien había subido con el rostro pálido y los ojos llenos de miedo. Su uniforme gris de limpieza tenía una mancha de cloro en la manga, y aun así se plantó frente al multimillonario como si estuviera lista para pelear contra todo el edificio.
—Mi hijo no va a ser usado —dijo ella.
Alejandro bajó la cabeza.
—No lo permitiré.
—Tampoco quiero cámaras, reporteros ni gente rica haciendo sentir como mercancía.
—Lo entiendo.
Lupita sostiene la mirada.
-No. Usted no entiende. Nosotros no tenemos choferes ni abogados. Si alguien poderoso se enoja con mi hijo, nosotros no tenemos a dónde correr.
Alejandro sintió vergüenza. No porque ella le hablara fuerte, sino porque tenía razón.
Julio giró la laptop hacia Mateo.
—Necesito que veas esto, solo si puedes.
Mateo presionó la mano de su mamá.
—Puedo.
El video mostraba el pasillo de servicio. Un carrito metálico. Una taza blanca. Un hombre de traje gris inclinándose apenas. Sacó un frasquito y dejó caer varias gotas en el café.
Mateo cerró la pantalla.
—Él.
Julio congeló la imagen.
—Se registró como Víctor Marín, proveedor externo de cafetería ejecutiva. Pero esa identidad es falsa. El contrato fue aprobado hace 3 semanas por Rodrigo Santillán.
Lupita abrió los ojos.
—¿Su familia?
Alejandro no respondió.
Julio continuó:
—Víctor Marín salió del edificio a las 8:22. Lo estamos rastreando. Su verdadero nombre parece ser Víctor Mansilla, exmilitar privado, relacionado con 2 muertes que oficialmente fueron “infartos”.
La palabra cayó en la oficina como una piedra.
Alejandro caminó hacia la ventana. Vio Reforma desde arriba, los árboles, las glorietas, los taxis blancos y rosas avanzando como hormigas.
—Rodrigo siempre insistía en que me hiciera chequeos del corazón —murmuró.
—Y en que firmara la sucesión del grupo —agregó Julio.
Alejandro volteó despacio.
—¿Qué dijiste?
Julio abrió otra carpeta.
—El área legal encontró un documento preparado, todavía sin firma. Si usted moría por causa natural, Rodrigo quedaba como presidente interino. Pero hay algo más grave.
Puso una fotografía sobre el escritorio.
En ella aparecían Rodrigo Santillán, Víctor Mansilla y una mujer de cabello corto, elegante, con perlas en el cuello.
Alejandro sintió que le faltaba el aire.
Era Beatriz Santillán.
Su hermana menor.
La misma que lo acusaba en comidas familiares de haberle robado la empresa del padre. La misma que repetía que Alejandro se había quedado con todo “solo por ser hombre”. La misma que había sonreído en el funeral de Elena mientras le decía:
—No te preocupes, hermano. La familia nunca te va a dejar solo.
—No puede ser —susurró Alejandro.
Julio habló con cuidado.
—La foto es de hace 2 semanas, en un restaurante de Polanco. La reunión fue pagada con una tarjeta de una empresa fantasma ligada a Rodrigo.
Lupita abrazó a Mateo.
—Entonces mi hijo vio algo que ellos no esperaban.
—Exactamente —dijo Julio—. Y cuando se den cuenta, van a buscarlo.
Alejandro se giró hacia ella.
—Usted y Mateo no van a volver hoy a su casa.
—¿Perdón?
—Tengo una propiedad segura en Valle de Bravo. Personal de confianza. Nadie sabe que están ahí. No como empleados. Como invitados.
Lupita frunció el fruncido.
—No quiero caridad.
—No es caridad. Es una deuda.
Mateo miró a Alejandro.
—Yo solo dije que revisara su café.
—Eso me salvó la vida.
Antes de que Lupita respondiera, sonó el teléfono del despacho. Era la extensión privada que solo usaba la familia.
Alejandro contestó y activó el altavoz sin decir nada.
La voz de Rodrigo se escuchó tensa.
—Tío, ¿estás bien? Me dijeron que cancelaste todas tus juntas.
Alejandro miró a Julio.
—Me sentí mal del pecho.
Hubo un silencio mínimo.
—¿Del pecho?
—Sí. Pero ya estoy mejor.
Rodrigo soltó una risa falsa.
—Qué susto. Deberías descansar. Mi mamá quiere verte esta noche.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Beatriz?
-Si. Dice que hay temas de familia que no pueden esperar.
La llamada terminó.
Pero Julio, que había conectado un rastreador de audio, levantó un dedo.
La línea no se había cortado del todo.
Se escucha la voz de Beatriz al fondo, fría como una cuchilla:
—Asegúrate de que el niño no hable antes de que Alejandro entienda todo.
Lupita se llevó la mano a la boca.
Mateo dejó de respirar.
Y Alejandro Santillán comprendió que su propia hermana acababa de sentenciar al único niño que se atrevió a salvarlo.
PARTE 3
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