—¡Qué vergüenza! —exclamó ella bruscamente—. ¡Avergonzó a toda la familia!
Mi padre se giró lentamente.
Y por primera vez, vi algo diferente en su expresión.
No había vacilación.
No había concesión.
Fortaleza.
—Honró a su madre —dijo—. Y nunca he estado más orgulloso.
Stephanie rió amargamente.
—¿La eliges a ella en vez de a mí?
—Siempre —respondió él.
Silencio.
Luego se fue.
Así, sin más.
Se fue.
Y por primera vez en años, la casa volvió a sentirse nuestra.
Esa noche, colgué el vestido en mi armario.
Con cuidado.
Con delicadeza.
Porque no era solo tela.
Era una prueba.
De que el amor no desaparece.
De que los recuerdos no se desvanecen solo porque alguien intente borrarlos.
Y de que a veces, quienes intentan destruirte solo demuestran lo fuerte que eres en realidad.