Una herida que nunca cerró
Hay momentos que dividen una vida en dos partes.
Para mí, todo ocurrió en 2006.
Antes de Sebastián.
Después de Sebastián.
Antes era simplemente una madre viajando por la Ruta 9 junto a su hijo de siete años, un niño alegre que insistía en que le comprara una gaseosa como si fuera lo más importante del mundo.
Después me convertí en la mujer cuyo hijo desapareció sin dejar rastro.
Todo ocurrió en una estación de servicio.
Entré apenas unos minutos para comprarle una bebida.
Cuando regresé al automóvil, él ya no estaba.
La búsqueda que terminó en silencio
Durante los primeros días, la policía movilizó todos los recursos disponibles.
Perros rastreadores.
Helicópteros.
Voluntarios.
Periodistas.
Decenas de personas repitiendo las mismas preguntas una y otra vez.
—¿Qué ropa llevaba?
—¿Sabía que debía quedarse junto al vehículo?
—¿Pudo haberse alejado por su cuenta?
Las semanas se transformaron en meses.
Luego en años.
Poco a poco, todos dejaron de buscar.
Los medios dejaron de hablar del caso.
Los investigadores fueron asignados a otras tareas.
Y mi hijo terminó convertido en un expediente olvidado dentro de un archivo.
Después del primer aniversario de su desaparición, jamás volví a conducir por la Ruta 9.
Solo ver un cartel con ese nombre me quitaba el aire.
El regreso inesperado
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